Carta de amor abierta a todas las madres.
- Jessica Peña
- hace 2 días
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Actualizado: hace 16 horas
El destinatario de este mensaje son todas aquellas mujeres que viven en el Estado de la Maternidad, pero que también, aún sin haber parido, han acogido en brazos, corazón y bajo su techo a alguien a quien le han brindado todo el cuidado y han maternado desde el amor incondicional o desde el suelo político que el género les otorgó.
A ti, que estás leyendo y que eres madre en cualquier variante de lo que ello implica, quiero decirte algunas cosas:
Una, al convertirse en madre —de esas que dan a luz, que paren, que experimentan un embarazo—, cuando nacieron tus hijas o hijos, no solo les pariste a ellos: te pariste a ti misma. Y ese, es uno de los más grandes dolores que como mujer se atraviesan.
Es una apología cruda y real a la maternidad: cuando pares, no solo pares a un bebé, te pares a ti misma en una relación binaria entre tu propia muerte y tu nuevo nacimiento como mamá, que te despersonaliza, a veces, llevándote a límites que nisiquiera conocías.
Abriste más de un canal y un portal para traer vida: te trajiste al mundo. Transmutaste. Se cometió homicidio hacia tu identidad como mujer. Y la reconstruiste. Y seguramente sigues en ello, porque re-conocerse después de ser madre es un estado constante. Les trajiste al mundo, pero también te trajiste de vuelta y le diste la bienvenida a diez millones de versiones sobre ti. Todas igual de verdaderas.
Y sí, es tan complejo transitar y atravesar la ósmosis entre la vida y la muerte, que resulta contradictorio concebir que en la concepción también se pierde, te pierdes. Años son los que te llevan tratar de entender quién eres dentro de los fragmentos de ser mamá, mujer y sujeta política de tu propia existencia. Encontrar tu lugar en este mundo que aunque ya estaba aquí, la maternidad te está haciendo reacomodarlo todo desde el inicio, para ese nuevo ser humano.
No solo ordenas y limpias la casa, la sala del hospital: persigues la inocuidad del mundo para que nada les toque, nada les ensucie, nada les enferme, les contamine, les haga mal o les falte. Porque como el principio médico dicta: "primum non nocere", “primero no hacer daño”. Que nada les lastime, que el daño jamás les alcance, que la vida sea buena con ellas y ellos.
Y no solo depuras los espacios físicos, te exorcisas de patrones, te exfolias de malos hábitos, te purificas, buscas resolver lo que haya que resolver para darles la mejor versión que tienes sobre ti, aunque a veces no hayas alcanzado a conocerte, aunque sientas que vas por la mitad, que estás inacabada. Una vez que una manita es capaz de sostenerte un dedo, sabes que necesitas hacerlo mejor y que tienes la fuerza para recomponer el Universo con tal que eso mantenga a salvo a tu bebé.
La maternidad es una serie de aventuras que te obligan a someterte ante cosas y circunstancias que nunca imaginaste ceder. Es acompañar el camino de una persona que es en sí misma también sujeta, aprendiz y artesana de su vida, que no es tuya, aunque tú se la hayas dado. Tú entregaste ese regalo y te queda ser testigo del fenómeno de decisiones que tu hijo e hija irá tomando para sí. Queda confiar.
Es el constante entender que maternar es una conjugación binaria, donde ninguna persona es la de otra y aún así se pertenecen en sentidos ontológicos ambivalentes. Es la forma de amor más incondicional que existe.
Es, sin romantizar, un estado de vehemencia que te arrastra a orillas que exigen lo mejor de ti. Todo el tiempo. Y significa lograrlo. Porque las madres pueden, siempre pueden. Son furia y son coraje.
Pero es también, estar en un lugar que estructuralmente se sostiene por un sistema que te susurra constantemente al oído los preceptos del ser mujer: la mujer buena, completa y perfecta; que cumple con reglas, cánones, normas y expectativas, a pesar de la falta de legislaciones justas, sin políticas que se ajusten a las necesidades de las madres, sin respaldo jurídico a favor del bienestar de las infancias, al alza de padres abandónicos, la falta del cumplimiento de derechos y legislación de protocolos y acciones que garanticen la libertad legal de las madres en favor de las niñas, niños y adolescentes bajo su custodia como figuras principales de cuidado, de la ola de violencia que está arrasando en todos los contextos.
Hemos decidido, también, dejar de mirar la obviedad entre la transición entre la vida y la muerte de una misma cuando te conviertes en madre. De ese dolor equiparable a la fractura simultánea de todos los huesos al ser gestora, dadora y protectora de la vida.
Ser madre significa también afrontar tus propios duelos y pérdidas, enmarcada en un sistema asistencialista, cuerdista y capacitista que al primer síntoma de cansancio, te puede asumir como una mujer depresiva, neurótica y loca, fuera de sí, a quien hay que vigilar y fiscalizar.
Es sufrir de violencia obstétrica, baby blues, depresión posparto, el puerperio, la crianza en solitario, el duelo neonatal, el duelo por diagnóstico, la muerte gestacional. Es recibir a la cara, inesperadamente, una serie de violencias que por género se nos asignan, y que a gritos nos dicen que las mujeres atravesamos procesos solas, aún estando rodeadas de tanta gente, aunque nos amen. Porque pareciera que de eso se trata el ser mujer que decide ser madre en un sistema que no cuida, que no empatiza y que no reivindica ese lugar: maternar con culpa y sin libertad.
Somos medidas por nuestra capacidad virginal, canonizadas por nuestras vulvas y enjuiciadas no solo por nuestra capacidad gestora, sino también por la habilidad de conservar, cuidar, proteger y prolongar la vida de lxs otrxs. Somos responsables de ella, aunque en el camino, se nos vaya de las manos la nuestra.
Ser mamá es contar una historia paralela sobre el tránsito artesanal del ser mujer, madre y tú misma. Es hacer, tejer, transformar, predar, lactar, hacer nidos, desenredar hilos, diamantina, pegamento, cabellos, leche, fluidos, lágrimas, uñas, ombligos, saliva, sangre, llenar y limpiar todo, por todos lados con todo el amor por delante.
Son las desveladas, el reconocer llantos, apludir gracias, no perder la esperanza, tomar manitas, cuidar cabezas, sostener en brazos, cargar sin importar el peso, el consuelo constante, la pérdida de la privacidad, momentos que desbloquean y superan lo que conocemos como intimidad, es vulnerarnos y entregarnos ante una persona que te conoce desde el inicio de su vida y sigue los pasos en el mundo que tú le enseñas y aquellos que tú caminas, que nombra el mundo como tú lo se lo enuncias y que cree en ti más que en nada.
Que contigo lo tiene todo, pues viene de un Universo dentro de ti que tú le construiste y que, exógenamente, sigues sosteniendo.
Son pies que te siguen, besos que te buscan, lágrimas que cesan con tu abrazo, decisiones confiadas en tu consejo, son bailes inesperados, risas espontáneas, es calma ante la frustración, son primeras veces muchas veces, es estar, atestiguando cómo alguien vive todo por primera vez, es estar con alguien que lo está conociendo todo a tu lado, necesitando tu presencia, confirmándose en tu mirada, construyéndose con tu amor, alimentándose de ti, de tu cuerpo, de tus manos, de tu trabajo y de todos tus esfuerzos.
Que te espera porque sabe que siempre vas a llegar y que te busca, porque sabe que siempre vas a estar ahí.
Porque el ser madre se emancipa de la función de las propias crías en su devenir por la vida. Seguimos siendo y estando aún sin ellxs. Ser madre es una categoría en sí misma. Todas las madres se articulan en función de sus hijxs, nacidos o no nacidos. Y hay, un sublime mensaje de sororidad en reconocerlas y reconocernos en todas ellas: las mujeres somos la magia y las brujas, las madres y nomadres, todas nuestras versiones, la vida y la muerte, el miedo y la sabiduría, la duda y el poder.
Transitamos en distintos cautiverios y hay compromisos pendientes en cuanto al abrazo propio de nuestra antropología. Somos y estamos sujetas a nuestra propia cosmogonía, de la que nos sostenemos comunitariamente. Somos muchas y ninguna; pero todas, todas las mujeres somos unas con las otras, a partir de nuestros dolores y experiencias a plenitud.
Por eso, hoy, desde aquí, desde un lugar concéntrico, te tengo un mensaje: Mamá, eres suficiente. En los días buenos y en los días malos, sigues siendo una buena madre. Y nada, por más que el sistema te lo reproche y acentúe con violencia, es más fuerte que ver a tu hijx sonreír.
Así, que hoy, en medio de la Conmemoración del Día de las Madres, reconozco el valor y la fuerza que implica seguir tomando la decisión de hacer lo mejor todos los días a favor del bienestar de nuestras niñas y niños.
Y a todas las tribus que acompañan crianzas: gracias por seguir sosteniéndonos. La comunidad es la vía de salvación de la degradación humana y necesitamos aferrarnos a los hilos y a seguir fortaleciendo ese tejido comunitario que es el que nos va a seguir manteniendo con vida y a todas juntas.
Feliz día de las madres a todas las mujeres, en cualquier latitud, en cualquier espacio dentro de la geografía visible y no visible, a las que maternan en rebeldía, resistencia y autonomía, aquí te vemos, te queremos y te abrazamos con toda impetuosidad.





Siempre un gusto leerte Jessi, describiste perfecto el maravilloso y estruendoso mundo de la maternidad.
Que manera tan específica y maravillosa de describir nuestra maternidad, bravo Jessi !!🫂